miércoles, 17 de abril de 2013

Versión de poema para encontrarse con el otro cuerpo


Hoy, traducción amorosa. De un poema de Ted Hughes. Para contrarrestar los excesos de trabajo.


Novia y novio escondidos por tres días
Ted Hughes

Ella le da sus ojos, los ha encontrado
entre escombros y escarabajos

Él le da su piel
como desdoblándola en el aire para colocarla sobre ella
Ella llora de temor y asombro

Ella le ha encontrado manos a él, y acaba de ajustárselas a las muñecas
están maravilladas consigo mismas, y van para sentirla a ella toda

Él ha armado su espina dorsal, ha limpiado con cuidado cada pieza
y las coloca en orden perfecto
un rompecabezas súperhumano, pero él está inspirado
Ella se inclina hacia atrás, arqueando aquí y allá, la usa y ríe
incrédula

Ahora ella ha traído los pies de él, y los conecta
para que todo su cuerpo se ilumine

Y él le ha fabricado nuevas caderas
con todas los partes completas y bobinas recién enrolladas, todas relucientes y aceitadas
Él lustra cada parte, y apenas puede creerlo

Siguen poniéndose al sol el uno al otro, les parece fácil
Para probar cada cosa nueva a cada nuevo paso

Y ahora ella le alisa las placas del cráneo
para que no se vean los ligamentos

Y ahora él conecta su garganta, sus pechos y el hoyo de su estómago
con un solo cable

Ella le da sus dientes, atando las raíces a la clavija central de su cuerpo
Él coloca las pequeñas diademas en las puntas de los dedos de ella

Ella zurce el cuerpo de él aquí y allá con seda púrpura acerada
Él aceita los delicados juntes de la boca de ella

Ella incrusta con sierres profundos la forma del cuello de él

Él hunde en su lugar el canto interno de los muslos de ella

Así, gimiendo de alegría, con gritos de asombro
Como dos dioses de lodo
Revolcándose en la tierra, pero con infinito cuidado
Se llevan el uno al otro a la perfección.


viernes, 1 de febrero de 2013

Pequeña cabeza del sueño brotando cabello a la luz de la luna


Hoy es cumpleaños de Galway Kinnell. Aquí va un fragmento de su poesía, en una versión aún vacilante, para celebrarla y para celebrarlo a él.

5
Si un día sucede
que te ves a ti mismo con alguien que amas
en un café de un lado
del puente Mirabeau, en la barra
donde el vino blanco se eleva en copas que se abren hacia lo alto,

y si entonces cometes, como nosotros, el error
de pensar
“un día, todo esto no serán más que recuerdos”,

aprende,
mientras te hallas de pie
de este lado del puente, que traza un arco,
piensas tú, del amor hacia el amor imperecedero,
aprende a hurgar más hondo
en las penas
por venir. A tocar
los casi imaginarios huesos
bajo el rostro, a escuchar bajo la risa
al viento llorando a través de las piedras negras. Besa
la boca
que te dice “aquí,
aquí está el mundo”. Esta boca. Esta risa. Estos huesos de las sienes.

La cadencia aún no danzada del desaparecer.

viernes, 14 de diciembre de 2012

Para eso es la vida

El instructor de la escuela a distancia dice adiós a sus estudiantes de poesía
Galway Kinnell
Versión de Cristina Burneo

Adiós, dama en Bangor, que me enviaste
fotos tuyas tras darme pistas irrefutables
de tu belleza. Adiós,
urólogo de Miami Beach, que incluiste sobres
marrones sin usar para la devolución de tu propio
“Soneto clásico”. Adiós, confeccionista
de brasieres en la Costa, cuyas églogas
han dado un tratamiento único en la literatura
al motivo de los senos caídos. Adiós a ti, en San Quintín,
que escribiste “Siendo alemán, mi héroe es Hitler”,
en lugar de “Sinceramente suyo” al final de largas y
nítidas cartas ensalzando a los prerrafaelitas.

Lo juro, solo fue mi manera
de darme ánimos mientras lamía
los sobres sellados y con destinatario incluido.
Era mi juego de intentar adivinar
quién de ustedes, en esta ocasión,
Había envenenado el pegamento. Sí, me importó.
Sí, leí cada poema completo.
Sí, dije todo lo que pensaba
en las palabras más dóciles que sabía. Y ahora,
en este poema, o prosa cortada, no mucho mejor,
me doy cuenta, que esas aquejadas líneas
que les envié una y otra vez,
debo decir que me alivia que haya terminado:
Al final, solo podía sentir lástima
por esa urgencia por más vida
que sus poemas seguían ahogando en palabras, cuyo olor,
días más tarde, hormigueaba bajo sus narices
como impulsos nuevos, enviados de Dios,
para escribir.

Adiós a ustedes,
que son para mí, una vez más, las estampillas
de lugares imaginarios –Xenia, Burnt Cabins, Hornell—.
Su soledad entregada en poemas, solo guardada su desolación.






lunes, 19 de noviembre de 2012

Poema anti-control-freak

Consejo para mí
por Louise Erdrich

Deja los trastos. Deja que el apio se pudra en el último cajón del refrigerador
y que esa costra de mugre percuda el piso de la cocina.
Deja las migajas negras al fondo de la tostadora.
Tira el tazón trizado y no arregles la taza.
No arregles nada. No remiendes. Compra ganchos.
Ni siquiera cosas un botón.
Deja que el viento haga lo suyo, y la tierra,
que invade en forma de polvo y luego a los muertos,
espumando en rollos grises bajo el sofá.
Háblales. Diles que son bienvenidos.
No guardes todas las piezas del rompecabezas
ni los zapatitos de muñeca por pares. No te importe
quién usa el cepillo de dientes de quién, o si las cosas
combinan, en absoluto.
Excepto por una palabra con la otra. O un pensamiento.
Persigue lo auténtico. Primero decide
qué es auténtico,
y luego ve tras ello con todo tu corazón.
Tu corazón, ese sitio
que ni siquiera piensas en limpiar.
Ese armario lleno de recuerdos salvajes.
No separes los clips de los tornillos de los viejos dientes de leche
ni te preocupes si otra vez vamos a cenar cereal.
No contestes el teléfono, jamás,
ni te pongas a llorar por algo que se rompe.
Un moho rosa va a crecer dentro de esos cartones sellados
en el refrigerador. Acepta las nuevas formas de vida
y habla con los muertos
que se cuelan por los mosquiteros, que se reúnen
con paciencia sobre los frascos de conservas y los libros.
Acumula tu correo, no lo leas, no leas nada
excepto lo que destruye
el aislamiento entre tu ser y tu experiencia
o lo que derriba o golpea o destroza
esa treta que llamas necesidad.

Versión de Cristina Burneo

viernes, 16 de noviembre de 2012

Defensa de la poesía, siempre necesaria


Hace poco leí una carta abierta de un poeta al presidente de Francia. En un contexto ajeno al mío, un círculo de poetas ve amenazado su proyecto de difusión y lectura de poesía. Por suerte, no todo es cuestión de contextos, y la distancia geográfica suele verse respondida por cercanías de otra naturaleza. Por esas felices cercanías, traduje para la Primavera de los poetas la carta abierta de Francis Combes. Aquí va.

Carta abierta a François Hollande

Sr. Presidente,

De varios lados nos llega información preocupante acerca de la vida cultural y, sobre todo, del lugar de la poesía en la Francia de hoy. La más reciente, y una de las más preocupantes, se refiere a la Primavera de los poetas. Todos conocemos el papel que ésta desempeña hace muchos años para que la poesía viva, se exprese y se difunda en todo el país.

El Ministerio de Educación, que siempre ha contribuido al funcionamiento de esta asociación, ha reducido en 60.000 euros la subvención que le asigna. Esto pone a la Primavera de los poetas en gran dificultad. Se invocará, sin duda, los tiempos difíciles y la necesidad de ahorrar dinero... Pero, por el momento, esta política parece estar desigualmente repartida. ¿Será que en el seno del gobierno (y en particular en el Ministerio, cuya misión es la educación de la juventud) la poesía es considerada un lujo, un suplemento espiritual del que la mayoría de nuestros ciudadanos podría prescindir sin mayores daños? Si este fuera el caso, sería un grave error.

La poesía no es solo un juego de palabras, aunque esta dimensión lúdica forme parte de sus posibilidades. Y si es un juego, es vital, como es vital el juego para el desarrollo de la infancia y la capacidad de crecimiento. La poesía es la manifestación de la facultad humana de “habitar el mundo”, de hacerlo suyo, de abrirse a los otros, de sentir más vivamente lo real al tiempo de soñarlo, de transformarlo por vía de la imaginación. Es, sobre todo, una lucidez sensible, una de las más altas formas de la conciencia.

Un pueblo sin poesía es un pueblo sin sueños.

Ya en 1948, en un texto titulado “La función poética”, Pierre Reverdy escribía: “No, la poesía no es esa cosa inútil y gratuita de la que podemos prescindir fácilmente. Se halla al principio del hombre, y echa sus raíces en su destino. (...) Es el acto mágico de transmutación de lo real exterior en lo real interior, sin lo cual la humanidad jamás podría haber superado el obstáculo inconcebible que la naturaleza le oponía.”

Atentar contra la función poética, que tiene mucho que ver con la esencia de la libertad humana, la cual consiste en no resignarse a lo real tal cual es, sería ir pendiente abajo, en una dirección marcada por nuestra sociedad que considera a hombres y mujeres consumidores y no productores, clientes de un imaginario sin imaginación, y no autores de sus vidas y su futuro. Esta pendiente tiende a hacer de los pueblos una simple población pasiva y manipulable. Reducir la cultura, aquí y ahora, como ayer y en todos lados, implica siempre allanar el camino para la estupidez y el fascismo.

Este carácter necesario de la función poética me parece evidente, de manera particular, en tiempos de crisis, como la que estamos viviendo ahora. Cuando más y más aspectos de la vida social empujan hacia la resignación ante aquello que se percibe como inevitable, el poema aparece, a los ojos de muchos, como “una salva contra la costumbre” (para retomar expresión de Henri Pichette), una insurrección contra la vida mustia y una acción aparentemente modesta pero valiosa para imaginar el mundo. ¿No es lo que más falta hoy en día, la capacidad de soñar el futuro y la transformación del mundo? El viejo lema de Rimbaud, “cambiar la vida”, es siempre el programa de los poetas del mundo entero.

En mi opinión, no hay poesía posible sin utopía. Esta también es, a mi modo de ver, una de las razones del éxito de numerosas manifestaciones poéticas, como la campaña de carteles de poemas en el metro, de la que me ocupo con Gérard Cartier hace quince años, la Primavera de los poetas y las diversas ferias y festivales involucrados en el renacimiento de la vida poética en Francia.

He de añadir, por ser invitado regularmente a festivales en el extranjero, que a veces tengo la impresión de que la poesía francesa es mejor reconocida fuera de nuestras fronteras que dentro de ellas. Lo confirman la ausencia de la poesía en los medios masivos, su marginación de la industria y del comercio del libro y, ahora, en los recortes presupuestarios, de los cuales es el blanco.

Una política de izquierdas digna de ese nombre debería, por el contrario, comprometerse a cultivar la pasión por la cultura, el conocimiento y las artes, promover el pensamiento crítico, la cercanía con lo real  y la capacidad de soñar despiertos.

Por esa razón, señor Presidente, le pido que discuta con su gobierno la posibilidad de restablecer el subsidio a la Primavera de los poetas y apoyar la multiplicación de iniciativas a favor de la poesía.

Atentamente,
Francis Combes

Traducción: Cristina Burneo


lunes, 22 de octubre de 2012

Cuentas pendientes

Mis 17 años son simbólicos. A esa edad, vi una película sobre un lector. Es un lector que conoce un solo libro, el único que hay en su casa. Para ese lector, la imaginación es la única salvación posible de la locura, que amenaza a su familia y el entorno adverso en que vive.
     Un día cualquiera, a los 17, fui al club de video La liebre, como siempre iba, y alquilé muchas películas de una sola vez, como siempre hacía. En ese tiempo, estaban en formato VHS. Me llevé las ahora  obsoletas y pesadas cajas y, como hacía a veces, conecté un par de parlantes al reproductor de VHS en la sala familiar de la casa. Así me creaba mi propio "sonido estéreo", y también podía grabar en casete canciones de las bandas sonoras que me gustaban y algunos pasajes de los filmes. 
     De Léolo, grabé muchos fragmentos. Un par de años más tarde, y gracias al prehistórico Altavista, descubrí que Léolo se basaba, en parte, en la novela L'avalée des avalés, de Réjean Ducharme, que tanto la película como la novela eran canadienses, y que Jean-Claude Lauzon era el director. Era, creo, 1996. La película cobraba contexto y yo la recuperaba, deslumbrada, para mi memoria.
     Otro día cualquiera, creo que durante ese mismo año, mientras buscaba libros en Libri Mundi, le pregunté a un librero si conocía a Réjean Ducharme. Me dijo que sí, que claro, pero que no tenían la novela, ni en francés ni en español. El librero tenía acento francés, lo cual a mí me reconfortó y a él le dio credibilidad frente a mis ojos. Si tenía acento francés, por supuesto que Léolo le emocionaba igual que a mí. Encargué la novela, el librero recibió mi pedido con entusiasmo, y jamás la reclamé. Pero me quedé con algunas líneas del guión grabadas en la mente.
     De la película guardaba mi casete. "Cold cold ground", de Tom Waits, era parte de la banda sonora. La escuché muchas veces, para intentar entender la letra. Algunas de mis primeras traducciones fueron letras de canciones, diccionario en mano, cero recursos virtuales y mucha imaginación. Play-pause. A "Cold cold ground" le debo, aunque no entendiera muchas cosas, el haberme conmovido hasta la médula en inglés. La emoción en otra lengua era posible: "And we'll never go to town/ Til we bury every dream/ In the cold cold ground". Alguna tarde, volví a tocar el casete y dejé que la cinta corriera en continuo. Durante las siguientes semanas, junto al corte de Waits, escuché varias veces el pasaje de Léolo que más me había impresionado. Es este, ahora un "fragmento de culto" en los círculos leolenses:

Vous la dame, vous l'audacieuse mélancolie, qui d'un cri solitaire fendez ma chaire que vous offrez à l'ennui. Vous qui hantez mes nuits quand je ne sais plus quel chemin prendre de ma vie, je vous ai payé cent fois mon dû. Avec les braises du songe ne me restent que les cendres d’une ombre du mensonge que vous-même m’aviez dit d’entendre. Et la blanche plénitude, qui n’était pas comme le vieil interlude mais brune, à la cheville fine et maligne, qui m’a piqué la peine d’un sein pointu, en qui j’ai cru. Et qui ne m’a laissé que le remords d’avoir vu le jour naître sur ma solitude.

     Nunca había traducido estas líneas. Las había escuchado, decodificado, transcrito y corregido. Play-pause. Play-pause. Las había googleado y también las había encontrado entre mis papeles extraviados. Así son las historias de algunas traducciones... cuentas pendientes con uno mismo. Ahora intento saber, en español, qué fibras mueve este fragmento.

Tú, la dama, tú, la audaz melancolía, que de un grito solitario desgarras mi carne, ofreciéndola al tedio. Tú, que acosas mis noches cuando ya no sé qué camino de mi vida tomar, te he pagado cien veces mi deuda. Con las brasas del sueño, no me quedan sino las cenizas de una sombra de mentira que tú misma me habías hecho oír. Y la blanca plenitud, que no era como el viejo interludio, sino una morena de tobillos finos y malignos, que me pinchó con la pena de un seno afilado, en que creí. Y que no me dejó sino el remordimiento de haber visto nacer el día sobre mi soledad.


     Este fragmento debe haber sido una de las razones por las que quise ser traductora. La insistencia de la memoria, la voz de Léolo, la conexión con el joven lector que batalla contra el dragón del sinsentido amparándose en el único libro que tiene. Todos están locos. Al verse rodeado por una locura que se acerca más a la miseria que al genio, Léolo se repite una y otra vez una frase con la que intenta salvarse: "Porque sueño, yo no lo estoy". Y porque leo.



viernes, 21 de septiembre de 2012

Ante los cruentos embates que nos hace librar el súbito e inescapable peso de la realidad, sin armadura y sin posibilidad de defensa, el poema como vía de conocimiento y fuente de goce.